1 año de Donald Trump y las ideas de la libertad

A un año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la presidencia aparece atravesada por conflictos de interés, mercantilización del poder y concentración de riqueza. The New York Times advierte que ya no se trata de desvíos aislados, sino de un patrón estructural de gobierno.

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Ciudad de Panamá fue por dos días el epicentro del debate sobre el futuro económico y geopolítico de América Latina y el Caribe. Bajo el auspicio de la CAF —el banco de desarrollo de la región— y con más de seis mil participantes de 70 países, presidentes y líderes de gobierno se reunieron para pensar cómo la región puede reclamar un espacio propio en la escena global, más allá de las lógicas polarizadas que hoy dominan las relaciones internacionales.

En un foro que la prensa internacional ha descrito como el “Davos latinoamericano”, figuras tan contrastantes como el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, compartieron escenario y, en algunos pasajes, coincidieron en la necesidad de actuar como una región unida para ganar peso en el mundo.

Para Lula, la inserción global requiere no solo cooperación sino también una narrativa propia que desafíe la “división del mundo en zonas de influencia”, un retroceso que, según él, limita a América Latina a roles secundarios en la economía y la diplomacia globales. En esa línea, insistió en que los países de la región deben integrar mercados, recursos naturales y capacidades productivas para dejar de ser espectadores en un sistema internacional fragmentado.

Kast, por su parte, dialogó con líderes de diversas corrientes ideológicas, resaltando que, pese a las diferencias internas, la cooperación práctica y el diálogo continuo son esenciales para que la región enfrente con éxito desafíos como la transición energética, la inseguridad alimentaria o la transformación digital.

El desarrollo económico también fue abordado: más allá de discursos políticos, especialistas y panelistas pusieron énfasis en la necesidad de fortalecer las instituciones y mecanismos de cooperación regional, aumentar el financiamiento productivo, profundizar la integración comercial y aprovechar ventajas comparativas como la biodiversidad, los recursos energéticos y la juventud de la población.

Una pieza simbólica de este ejercicio colectivo fue la visita conjunta de los líderes al Canal de Panamá, resaltando su importancia como infraestructura estratégica para la logística continental y la competitividad global de la región.

Sin compromisos vinculantes o declaraciones conjuntas oficiales, el foro dejó más señales que resoluciones concretas: la región reconoce que su relevancia en el mundo depende de su capacidad de coordinar políticas económicas, avanzar en integración real y construir consensos mínimos en torno al desarrollo sostenible y la justicia social.

Al caer el telón, quedó claro que para América Latina no es suficiente ser un actor con voz propia. Debe, simultáneamente, convertirse en un interlocutor estratégico, innovador y cohesionado, capaz de responder a las grandes trasformaciones del siglo XXI con soluciones propias, solidarias y orientadas al desarrollo.