A invertir
El nuevo Régimen de Incentivo para Medianas Inversiones (RIMI), incorporado en la reforma laboral 2026, abre expectativas en el entramado pyme. Con beneficios fiscales y foco productivo, su impacto real aún depende de una reglamentación pendiente que genera cautela e incertidumbre en el sector.
INDUSTRIA
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En medio del proceso de transformación económica que impulsa el gobierno nacional, la sanción de la Ley de Modernización Laboral incorporó una herramienta que rápidamente captó la atención del sector productivo: el Régimen de Incentivo para Medianas Inversiones (RIMI). Pensado como un complemento del esquema para grandes proyectos, el nuevo régimen apunta directamente al corazón del entramado productivo argentino: las micro, pequeñas y medianas empresas.
El RIMI establece un marco de promoción fiscal para inversiones productivas realizadas durante los primeros dos años de vigencia de la ley. El objetivo es claro: incentivar la inversión, fortalecer la competitividad y generar empleo en sectores que históricamente han enfrentado restricciones para acceder a instrumentos de escala.
El régimen contempla inversiones que van desde los 150.000 dólares en microempresas hasta los 9 millones en empresas medianas, abarcando un amplio espectro de proyectos vinculados a la adquisición de maquinaria, obras productivas e incorporación de tecnología. A cambio, ofrece beneficios fiscales como amortización acelerada en el Impuesto a las Ganancias y devolución anticipada de créditos de IVA, medidas orientadas a reducir el costo del capital y acelerar decisiones de inversión.
Sin embargo, el entusiasmo inicial convive con una realidad más compleja. A pesar de haber sido promulgado en marzo de 2026, el RIMI aún no cuenta con una reglamentación completa que permita su implementación efectiva. Distintas fuentes técnicas coinciden en que el alcance real del régimen dependerá de las normas operativas que defina el Poder Ejecutivo.
Este punto es central. Sin reglamentación, no hay procedimientos claros de adhesión, aprobación de proyectos ni acceso concreto a los beneficios. En términos prácticos, el régimen existe, pero todavía no está plenamente activo.
En el plano de las expectativas, el RIMI aparece como una señal de política económica orientada a dinamizar la inversión privada sin recurrir al gasto público directo. Para sectores industriales, agroindustriales y tecnológicos, representa una oportunidad para modernizar procesos y ampliar capacidad productiva.
Pero también abre interrogantes. ¿Alcanzarán los incentivos para compensar el contexto macroeconómico? ¿Habrá coordinación con provincias y municipios? ¿Podrá evitarse una brecha con los beneficios más amplios del régimen para grandes inversiones?
Por ahora, el mensaje es claro, pero incompleto: el Estado invita a invertir. El desafío, hacia adelante, será transformar esa invitación en condiciones concretas que hagan posible que las inversiones efectivamente ocurran.
