Agro Mercosur a prueba

El acuerdo UE-Mercosur abre una ventana inédita para el agro regional, pero también expone sus límites estructurales. Más acceso a mercados no garantiza más desarrollo: la clave estará en cómo la productividad agrícola convierta comercio internacional en valor sostenido.

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GloCal

El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur volvió al centro del debate político y económico regional. Celebrado por algunos como una oportunidad histórica y cuestionado por otros como una amenaza para la producción local, el tratado plantea una pregunta más profunda y menos discutida: ¿está el agro del Mercosur en condiciones de transformar apertura comercial en ganancias reales de productividad y desarrollo?

Desde la perspectiva de la productividad agrícola, el acuerdo no es neutro. La evidencia reciente muestra que América del Sur logró expandir su producción en las últimas décadas, pero con una señal de alerta clara: “desde 2010, el crecimiento de la productividad agrícola en América Latina y el Caribe se ha desacelerado de manera significativa”, advierte el informe del BID. Esto implica que buena parte del crecimiento reciente se apoya en más insumos y mayor presión ambiental, y no necesariamente en mejoras de eficiencia. Como se analizó en otros artículos publicados esta semana en GloCal, en ese contexto un acuerdo comercial ambicioso funciona como un acelerador: puede potenciar virtudes productivas, pero también amplificar debilidades estructurales si no se acompaña con políticas activas.

Entre las oportunidades, el acuerdo UE-Mercosur ofrece previsibilidad de acceso a uno de los mercados más grandes y exigentes del mundo. Para los países con mayor capacidad productiva, esto puede traducirse en incentivos para invertir en tecnología, trazabilidad, calidad e innovación. La literatura muestra que el comercio internacional puede impulsar la adopción tecnológica y mejorar la productividad, especialmente cuando facilita la importación de maquinaria, conocimiento y estándares avanzados. En ese sentido, el acuerdo podría actuar como una palanca para modernizar el agro regional.

Sin embargo, las amenazas son igual de claras. La apertura expone la fuerte heterogeneidad productiva del Mercosur. No todos los territorios, ni todos los productores, parten del mismo punto. Sin políticas de acompañamiento, el acuerdo corre el riesgo de profundizar la concentración productiva, expulsar a pequeños productores y reforzar brechas regionales. La competencia con economías europeas altamente subsidiadas y reguladas puede erosionar sectores que no logren sostener niveles crecientes de productividad.

El capítulo ambiental agrega una tensión adicional. La Unión Europea exige estándares ambientales cada vez más estrictos, mientras que gran parte de la productividad agrícola sudamericana todavía no internaliza plenamente los costos ambientales. Esto convierte a la sostenibilidad en un factor central de competitividad: no adaptarse implica perder mercado, pero adaptarse requiere inversión, datos y políticas públicas activas.

En este marco, el acuerdo UE-Mercosur no es un premio automático ni una condena inevitable. Es un test de madurez productiva. La ganancia comercial dependerá menos de las rebajas arancelarias y más de la capacidad de los países para fortalecer bienes públicos, sistemas de innovación, infraestructura y datos agrícolas.

El comercio abre la puerta. La productividad decide quién entra, quién queda afuera y en qué condiciones. Sin esa discusión, el acuerdo corre el riesgo de repetir una historia conocida: exportar más, pero desarrollarse menos.