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Argentina y Brasil muestran caminos distintos frente a la desaceleración de la productividad agrícola. Un informe del BID compara ambos casos y revela que la clave ya no es producir más, sino cómo cada país combina tecnología, políticas públicas y sostenibilidad para sostener su competitividad.

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Argentina y Brasil concentran buena parte del peso agrícola de América del Sur. Comparten dotaciones naturales privilegiadas, inserción exportadora y una larga tradición productiva. Sin embargo, el último informe del Banco Interamericano de Desarrollo muestra que, frente al mismo desafío —la desaceleración de la productividad agrícola—, ambos países están recorriendo caminos diferentes, con resultados y riesgos también distintos.

Brasil aparece en el estudio como uno de los casos más robustos de crecimiento sostenido de la Productividad Total de los Factores (PTF) en la región. Durante las últimas décadas, el país logró expandir su producción agrícola principalmente a partir de mejoras en eficiencia y cambio tecnológico, más que por el uso intensivo de insumos. El rol de la inversión pública en investigación, el sistema de innovación agropecuaria y la articulación entre Estado, ciencia y sector productivo emergen como factores centrales para explicar este desempeño.

Argentina, en cambio, muestra un patrón más ambivalente. Si bien alcanzó altos niveles de productividad —especialmente en el núcleo pampeano—, el informe advierte señales de estancamiento reciente. El crecimiento de la producción continúa, pero cada vez depende más del uso de insumos y de la expansión de la frontera productiva, lo que reduce el impulso de la PTF y aumenta la presión ambiental.

La comparación es reveladora porque pone en evidencia que la diferencia no está solo en el clima, el suelo o la escala, sino en las condiciones estructurales que permiten transformar innovación en productividad efectiva. En Brasil, la adopción tecnológica fue acompañada por asistencia técnica, capacitación y políticas de largo plazo relativamente estables. En Argentina, la difusión tecnológica convive con fuertes disparidades territoriales, menor previsibilidad macroeconómica y una menor capacidad estatal para sostener bienes públicos estratégicos de forma continua.

Otro punto clave del análisis comparativo es la relación entre productividad y sostenibilidad. El capítulo de Brasil destaca avances en la incorporación de prácticas más resilientes al cambio climático, aunque también reconoce tensiones ambientales. En el caso argentino, el informe señala que la falta de integración sistemática de los costos ambientales en la medición de la productividad puede sobrestimar los logros de corto plazo y comprometer la competitividad futura.

El mensaje de fondo es político y estratégico. No existe un único modelo exitoso, pero sí condiciones mínimas para sostener la productividad en el tiempo: inversión en conocimiento, políticas diferenciadas por territorio, sistemas de datos sólidos y una visión que entienda al agro como sistema y no solo como sector exportador.

Argentina y Brasil enfrentan la misma alerta. Uno parece haber construido más amortiguadores. El otro todavía discute reglas. En un mundo más incierto y exigente, la productividad ya no perdona improvisaciones.