Copas vacías

Una industria que fue orgullo regional hoy muestra sus grietas: consumo interno en caída, exportaciones debilitadas y bodegas emblemáticas en dificultades financieras pintan un cuadro complejo para una de las economías más significativas del interior argentino.

INDUSTRIA

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En las últimas semanas, la vitivinicultura argentina mostró señales claras de tensión con nombres propios: Bodega Norton, que ingresó en concurso de acreedores; Bodegas Bianchi, afectada por problemas de liquidez y cheques rechazados; y Casa Montes, histórica firma del Valle de Tulum en San Juan, con embargos y pagos impagos. Estos casos, difundidos por la prensa económica y registros oficiales, sintetizan un malestar más amplio del sector: caída del consumo interno, costos en alza y una competitividad exportadora debilitada. No se trata de episodios aislados, sino de un cuadro estructural que atraviesa a una de las economías regionales más emblemáticas del país y obliga a repensar su modelo productivo y comercial.

La escena se repite en las rutas hacia los oasis irrigados del oeste argentino: barriles que esperan comprador, parras que maduran sin destino seguro y una vitivinicultura que, pese a su legado, se encuentra en un punto de inflexión. El vino, antes motor económico y símbolo cultural de regiones como Mendoza, San Juan, La Rioja y Salta, hoy se enfrenta a una crisis silenciosa pero profunda.

Los datos oficiales y los informes de mercado muestran una industria que está perdiendo volumen en sus indicadores más tradicionales. La comercialización de vino en el mercado interno evidenció caídas de dos dígitos en 2025, con descenso de despachos en botella, bag in box y otros formatos; el consumo per cápita se redujo notablemente respecto de años anteriores. Las exportaciones no escapan de esta tendencia: entre enero y agosto de 2025 los volúmenes despachados al exterior reflejaron una baja interanual cercana al 8 % según el Instituto Nacional de Vitivinicultura. Eso ocurre cuando provincias como Mendoza continúan concentrando la enorme mayoría de la producción nacional, seguida a mucha distancia por San Juan, La Rioja y Salta.

En San Juan, uno de los bastiones históricos del vino argentino, las tensiones económicas se hicieron visibles a fines de 2025 con cuentas rechazadas y problemas de liquidez que colocaron a bodegas relevantes al borde del colapso financiero. Este tipo de dificultades, aunque no son homogéneas, configuran un síntoma claro de las fragilidades del sector.

Los factores detrás de este escenario combinan lo estructural y lo coyuntural. Por un lado, la caída sostenida del consumo interno que ha erosionado el mercado doméstico; por otro, la falta de competitividad en el plano internacional y los costos inflacionarios que encarecen la producción y complican la supervivencia de bodegas pequeñas y medianas. En este contexto, la apuesta por impulsar exportaciones, desregulando ciertos mecanismos y buscando nuevos mercados, aparece como una estrategia clave para intentar revertir la tendencia negativa.

No obstante, la mirada de productores y economistas del sector apunta a una metamorfosis: más allá de la crisis, existe la posibilidad de reconfigurar el perfil exportador y promover segmentos de mayor valor agregado, como vinos premium y varietales que aún resuenan en mercados internacionales. Pero este es un camino largo y lleno de incertidumbres.

Hoy, en las rutas que conectan viñedos y bodegas, las copas no solo están a veces vacías de vino: están vacías de certezas. La vitivinicultura, columna de la identidad económica de regiones enteras, enfrenta su desafío más grande en décadas.