De Kast a Lula, el papel global de América Latina
En el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, mandatarios de todo el continente convergieron en Panamá para trazar una hoja de ruta donde la integración regional y el protagonismo global de Latinoamérica se vuelven pilares frente a un orden mundial convulso.
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El primer año del segundo mandato de Donald Trump dejó una imagen nítida y difícil de relativizar: la presidencia de Estados Unidos funciona menos como una institución republicana y más como una plataforma de valorización privada. Bajo el discurso de las “ideas de la libertad”, el poder estatal se reconfiguró como un activo transable, disponible para quienes pueden pagar acceso, influencia o lealtad.
Desde su regreso al poder, Trump rompió sin disimulo con la tradición política que separaba el ejercicio del cargo de los intereses patrimoniales personales. Aunque formalmente delegó la administración de su imperio empresarial, siguió siendo su beneficiario último. La Casa Blanca se transformó en un nodo donde convergen decisiones públicas, marcas privadas y negocios familiares, sin cortafuegos éticos efectivos.
La política económica ofreció algunos de los ejemplos más elocuentes. La imposición y posterior reversión de aranceles a escala global provocó sacudones inmediatos en los mercados financieros. Anuncios realizados por el propio presidente anticiparon movimientos que beneficiaron a actores con capacidad de reaccionar a tiempo. El mensaje implícito fue claro: la volatilidad política también puede ser una oportunidad de negocio.
En el frente tecnológico y financiero, el giro a favor de las criptomonedas coincidió con intereses directos del entorno presidencial. La promesa de regulaciones más laxas se alineó con inversiones privadas y emprendimientos vinculados a la familia Trump y a socios estratégicos. En política exterior, acuerdos sensibles se cruzaron con flujos de capital provenientes de gobiernos extranjeros, reforzando una diplomacia de carácter transaccional, donde el interés nacional aparece subordinado a beneficios particulares.
La mercantilización del acceso al poder se volvió explícita. Cenas privadas, encuentros exclusivos y conversaciones directas con el presidente fueron ofrecidos a cambio de donaciones millonarias. La presidencia operó como un club de membresía premium: pagar habilita la cercanía; aportar más garantiza influencia.
Este modelo se inscribe en una dinámica más amplia de concentración de riqueza. Informes internacionales recientes muestran que, durante este período, los milmillonarios incrementaron su patrimonio a un ritmo récord, mientras se profundizaban recortes en educación, salud y políticas públicas. La libertad proclamada desde el discurso oficial parece traducirse, en la práctica, en mayor libertad para acumular en la cúspide y menor capacidad del Estado para equilibrar desigualdades.
A un año del regreso de Trump, el balance es contundente. Las “ideas de la libertad” dejaron de remitir a derechos, reglas comunes o límites al poder. En su versión actual, funcionan como coartada ideológica de un sistema donde gobernar y lucrar se superponen peligrosamente, y donde la democracia queda reducida a un marco formal para la expansión de intereses privados.
