De la OMC a la Doctrina Donroe

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos redefine el comercio internacional desde una lógica de poder, soberanía y seguridad. América Latina deja de ser un actor del multilateralismo para convertirse en un espacio estratégico, donde las reglas del comercio se subordinan a la geopolítica.

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Durante más de tres décadas, el comercio internacional se estructuró en torno a los principios del GATT y la Organización Mundial del Comercio (OMC): no discriminación, nación más favorecida, previsibilidad normativa y resolución multilateral de disputas. Ese andamiaje, heredero del orden de posguerra, promovía la idea de que el comercio era un terreno relativamente autónomo de la política y la seguridad. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 marca un quiebre explícito con ese paradigma.

El documento consagra una transición desde el multilateralismo comercial hacia una lógica de regionalización estratégica, donde el comercio deja de ser un fin en sí mismo y pasa a ser un instrumento de poder nacional. En ese giro, América Latina queda inscripta dentro del “corolario Trump a la Doctrina Monroe”: el hemisferio occidental es definido como un espacio prioritario de seguridad, control económico y competencia geopolítica.

El primer desplazamiento central es conceptual. La OMC se basaba en reglas generales y universales; la nueva doctrina prioriza acuerdos selectivos, bilaterales o regionales, condicionados a alineamientos políticos y estratégicos. El principio de nación más favorecida pierde centralidad frente a la idea de “socio preferente”, donde el acceso al mercado estadounidense depende de cooperación en migración, seguridad, energía, control de inversiones y exclusión de competidores extra-hemisféricos.

En segundo lugar, el documento redefine la noción de “libre comercio”. Ya no se trata de apertura irrestricta, sino de comercio justo, recíproco y seguro, legitimando aranceles, barreras y regulaciones como herramientas permanentes de política industrial y geopolítica. La seguridad de las cadenas de suministro, el nearshoring y el control de minerales críticos pasan a estar por encima de las disciplinas clásicas de la OMC.

Un tercer elemento clave es la politización explícita de la inversión y la infraestructura. Puertos, energía, telecomunicaciones, logística y tecnología dejan de ser decisiones económicas para convertirse en activos estratégicos. Estados Unidos plantea usar financiamiento, diplomacia comercial y presión regulatoria para desplazar a competidores —especialmente China— y reposicionar a sus propias empresas como proveedoras dominantes en la región.

Finalmente, esta estrategia redefine las reglas de juego para la internacionalización latinoamericana. Exportar, atraer inversiones o integrarse a cadenas regionales ya no dependerá solo de competitividad o precios, sino de alineamiento geopolítico, confiabilidad estratégica y compatibilidad normativa con los intereses estadounidenses.

Del orden OMC al orden Monroe, el mensaje es claro: el comercio internacional deja de ser neutral. Para América Latina, el desafío no será solo vender más, sino decidir desde qué proyecto de desarrollo, con qué socios y bajo qué reglas se inserta en un mundo donde economía y poder vuelven a caminar juntos.