El arriero va
Mientras productores, frigoríficos y gobiernos discuten precios, exportaciones o importaciones, el verdadero poder de la cadena global de la carne se concentra en quienes controlan la logística, las certificaciones, los mercados y la comercialización internacional. Allí se juega hoy la disputa estratégica por el valor.
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Argentina suele pensarse a sí misma como una potencia ganadera. Los datos parecen respaldarlo: uno de los mayores rodeos bovinos del mundo, tradición productiva centenaria, reconocimiento internacional y capacidad para abastecer tanto el mercado interno como destinos de exportación cada vez más exigentes. Sin embargo, detrás de esa fortaleza aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto poder tiene realmente la Argentina dentro del negocio global de la carne?
La respuesta obliga a mirar más allá del campo.
La historia económica demuestra que la disputa nunca se limitó a la propiedad del ganado. Ya a fines del siglo XIX los grandes frigoríficos británicos y luego estadounidenses comprendieron que el negocio no estaba únicamente en producir carne, sino en controlar barcos, puertos, cámaras frigoríficas, financiamiento y acceso a los mercados consumidores. La renta se construía en la cadena completa.
Más de un siglo después, la lógica parece mantenerse.
Los productores argentinos continúan siendo mayoritariamente propietarios del ganado. Sin embargo, la estructura exportadora presenta importantes niveles de concentración. En la Región Centro, por ejemplo, tres frigoríficos explican más de la mitad de las exportaciones del complejo bovino. Al mismo tiempo, China absorbe una parte sustancial de las ventas externas y condiciona el tipo de producto demandado, privilegiando cortes congelados y determinadas características logísticas.
La competencia global tampoco se organiza solamente alrededor de la producción. Estados Unidos desarrolló sistemas de clasificación de calidad, programas de promoción, investigación aplicada y posicionamiento de marca. Australia convirtió la logística y el acceso a mercados asiáticos en un activo estratégico. Brasil avanzó en la construcción de conglomerados empresariales con capacidad de operar a escala global.
Argentina, en cambio, siguió otro camino. Construyó instituciones sanitarias reconocidas internacionalmente, fortaleció organismos de promoción sectorial y desarrolló mecanismos público-privados que permitieron sostener competitividad internacional. Pero todavía enfrenta una discusión pendiente: cómo capturar una mayor proporción del valor generado por la cadena.
El desafío ya no parece ser producir más carne. Tampoco exportar más toneladas. La cuestión estratégica consiste en definir qué lugar ocupará el país dentro de una red global donde el poder económico se concentra cada vez más en quienes controlan información comercial, financiamiento, logística, certificaciones y acceso a consumidores.
Porque en el siglo XXI la riqueza no necesariamente pertenece al dueño de la vaca.
Pertenece, cada vez más, al dueño de la cadena.
