El futuro llegó hace rato

"Veámoslo un poco con tus ojos". La reciente encuesta sobre salud mental de la Pastoral Social de la Juventud de Río Cuarto invita a cambiar el punto de vista: dejar de hablar sobre los jóvenes para empezar a comprender la sociedad desde su experiencia.

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La frase del Indio Solari sigue interpelando con la misma fuerza que hace más de treinta años. "El futuro llegó hace rato" Tal vez porque el futuro nunca fue solamente una promesa, sino también una forma de nombrar los conflictos que una sociedad decide postergar. La reciente encuesta sobre salud mental impulsada por la Pastoral Social de la Juventud de Río Cuarto invita a hacer exactamente lo contrario: dejar de hablar sobre los jóvenes y empezar a mirar el presente desde su experiencia. Más que un relevamiento sobre bienestar emocional, el estudio abre una reflexión sobre el trabajo, las desigualdades, los vínculos, la incertidumbre y los proyectos de vida de una generación que ya habita ese futuro del que tanto hablamos.

La originalidad del estudio radica precisamente en ese cambio de perspectiva. En un tiempo donde las juventudes suelen ser objeto de diagnósticos elaborados por especialistas, dirigentes o adultos, la encuesta propone que sean los propios jóvenes quienes interpreten la realidad que habitan. No se trata solamente de preguntar cómo están, sino de escuchar qué tienen para decir sobre la sociedad que estamos construyendo.

Conversamos con Lautaro Doblas, integrante de la Pastoral Social de la Juventud, para profundizar sobre los principales resultados del relevamiento y reflexionar acerca de los desafíos que atraviesan hoy las nuevas generaciones.

-La encuesta muestra que más de la mitad de los jóvenes siente estrés, ansiedad o preocupación de manera frecuente. Sin embargo, la gran mayoría estudia, trabaja o proyecta hacerlo. ¿Qué lectura hacen de esta convivencia entre esfuerzo, expectativas y malestar?

Creo que muchas veces confundimos esfuerzo con bienestar. Los jóvenes hoy estudian, trabajan, hacen deporte, emprenden y proyectan su futuro, pero eso no significa necesariamente que se sientan bien. Vivimos en una cultura que permanentemente nos exige producir, rendir y compararnos, pero que muchas veces deja poco espacio para detenernos, construir vínculos y preguntarnos cómo estamos. El problema no es que los jóvenes no hagan cosas; el problema es que muchas veces las hacen sintiéndose profundamente solos.

-Río Cuarto es una ciudad con realidades sociales muy diferentes. ¿De qué manera las desigualdades económicas, educativas o territoriales influyen en las oportunidades que tienen los jóvenes para afrontar sus dificultades y construir sus proyectos de vida?

Las oportunidades nunca están distribuidas de la misma manera. El barrio en el que nacés, la escuela a la que asistís, la posibilidad de acceder a una universidad o de conseguir un trabajo condicionan muchísimo el horizonte de posibilidades de una persona. Pero además de la desigualdad económica existe una desigualdad de expectativas. Hay jóvenes que crecen convencidos de que pueden transformar su realidad y otros que sienten que el futuro ya está escrito. Ahí el Estado, las escuelas y las organizaciones intermedias tienen una enorme responsabilidad.

-Uno de los datos más llamativos es que casi un tercio de los jóvenes no sabe a quién acudir o directamente no acudiría a nadie ante una dificultad emocional. ¿Qué nos dice esto sobre los vínculos y las instituciones que históricamente acompañaron a las juventudes?

Para mí ese es el dato más preocupante de toda la encuesta. No habla solamente de salud mental; habla de una crisis vincular. Que cuatro de cada diez jóvenes respondan que no acudirían a nadie, que no saben a quién acudir o que recurrirían primero a una inteligencia artificial nos obliga a hacernos una pregunta: ¿qué nos pasó como comunidad? Cuando un joven siente que no tiene a quién acudir, el problema no es únicamente individual. También es colectivo. Significa que estamos perdiendo espacios donde sentirnos escuchados y contenidos. Y cuando una inteligencia artificial empieza a ocupar ese lugar, la discusión ya no es tecnológica. La pregunta es por qué un joven encuentra antes una pantalla que una persona.

-Las amistades aparecen como la principal red de apoyo y, por primera vez, la Inteligencia Artificial supera a docentes y profesionales como espacio de consulta. ¿Qué transformaciones observan en la forma en que los jóvenes buscan orientación, escucha y respuestas?

Es una buena noticia que la familia y las amistades sigan siendo el principal sostén. Pero también es un llamado de atención para las instituciones. La escuela, los clubes, las iglesias, las universidades, los centros vecinales y el propio Estado tienen que volver a ser espacios donde los jóvenes sientan que alguien los escucha y los acompaña. La salud mental no se construye solamente en un consultorio; también se construye fortaleciendo la comunidad y recuperando la cultura del encuentro.

-Si detrás de estos datos hubiera una conversación pendiente entre los jóvenes y el mundo adulto, ¿cuál creés que sería el principal reclamo o mensaje que las nuevas generaciones están intentando transmitirnos?

Creo que el principal mensaje sería: escúchennos. Muchas veces hablamos sobre los jóvenes, pero pocas veces hablamos con ellos. Diseñamos políticas públicas, discutimos sobre educación, empleo o salud mental sin preguntarles cómo viven ellos esos problemas. Esta encuesta busca justamente eso: dejar de hablar de los jóvenes para empezar a escucharlos. Porque nadie conoce mejor la realidad de esta generación que quienes la viven todos los días.

-Para muchas generaciones el trabajo fue sinónimo de estabilidad, progreso y autonomía. Hoy muchos jóvenes se encuentran con empleos más precarios, ingresos inestables y mayores dificultades para proyectar su futuro. ¿Qué relación observan entre las condiciones del mundo del trabajo y el malestar que expresa esta encuesta?

Es muy difícil proyectar una vida cuando cuesta imaginar el acceso a un empleo estable, a una vivienda o a la independencia económica. La incertidumbre permanente genera ansiedad y afecta la forma en que los jóvenes imaginan su futuro. Por eso creemos que la salud mental no puede analizarse aislada de las condiciones materiales de vida. Hablar de salud mental también es hablar de trabajo, de educación, de vivienda y de oportunidades. Porque cuando un joven siente que no puede construir un proyecto de vida, el malestar deja de ser solamente emocional y pasa a ser también social.

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