El modelo Perú

Mientras una elección definida por unos pocos cientos de votos mantiene en vilo al país, Perú vuelve a exhibir una de las grandes paradojas latinoamericanas: tres décadas de estabilidad económica conviviendo con una persistente crisis de representación, gobernabilidad e instituciones.

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Al cierre de esta edición, Perú continúa sin conocer oficialmente a su próximo presidente. Con una diferencia de apenas cientos de votos entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, el resultado permanece abierto mientras la Oficina Nacional de Procesos Electorales concluye el cómputo, los Jurados Electorales revisan actas observadas y el Jurado Nacional de Elecciones se prepara para resolver eventuales impugnaciones. Más que una elección disputada, el país atraviesa un nuevo capítulo de una larga secuencia de incertidumbre institucional que ha caracterizado a la política peruana durante la última década.

La paradoja es conocida. Mientras organismos internacionales como la OCDE, el FMI y el Banco Mundial han presentado durante años a Perú como uno de los casos más exitosos de estabilidad macroeconómica de América Latina, el sistema político peruano se ha convertido en uno de los más inestables de la región. En los últimos años el país acumuló presidentes destituidos, renuncias, gobiernos transitorios, enfrentamientos permanentes entre el Congreso y el Poder Ejecutivo y una profunda crisis de representación.

Durante tres décadas, Perú fue considerado el laboratorio más exitoso de las reformas económicas de mercado impulsadas en América Latina tras el Consenso de Washington. Baja inflación, disciplina fiscal, apertura comercial y crecimiento sostenido permitieron reducir significativamente la pobreza y consolidar una economía más estable que la de buena parte de sus vecinos. Sin embargo, detrás de esos indicadores persistieron problemas estructurales que nunca terminaron de resolverse: una elevada informalidad laboral, fuertes desigualdades territoriales, dependencia de actividades extractivas y una debilidad crónica de los partidos políticos.

La elección actual refleja precisamente esas tensiones. La fractura entre Lima y las regiones del interior, entre los sectores integrados a la economía global y aquellos que demandan una mayor presencia estatal, expresa un conflicto social que atraviesa a gran parte de América Latina. El crecimiento económico no logró traducirse plenamente en cohesión política ni en legitimidad institucional.

Perú aparece así como un laboratorio particularmente revelador. Demuestra que la estabilidad económica no garantiza estabilidad política y que los éxitos macroeconómicos pueden convivir con sistemas institucionales frágiles. También muestra los límites de interpretar el desarrollo únicamente a partir de indicadores económicos.

Durante décadas, América Latina ha ensayado distintos laboratorios políticos y económicos: reformas de mercado, ciclos progresistas, modelos extractivos, aperturas comerciales y proyectos de industrialización. Perú vuelve a dejar una pregunta incómoda para toda América Latina: ¿de qué sirve encontrar una fórmula para hacer funcionar la economía si no se encuentra una manera de hacer funcionar la sociedad?

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