El mundo vuelve a la política industrial, Argentina se retira
Mientras Argentina ensaya un giro liberal-libertario que minimiza el rol del Estado, el Banco Mundial sostiene lo contrario: sin política industrial no hay desarrollo sostenido. La tensión no es técnica, es profundamente política y define el rumbo productivo del país.
INDUSTRIA
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En un momento en que la Argentina redefine su matriz económica bajo una impronta liberal-libertaria, el nuevo informe del Banco Mundial introduce una incomodidad conceptual: la política industrial no solo no ha muerto, sino que vuelve a ocupar un lugar central en las estrategias de desarrollo a nivel global.
El documento propone abandonar la vieja dicotomía entre Estado o mercado para asumir una realidad más compleja: los países que crecen no lo hacen dejando todo librado a las fuerzas del mercado, sino interviniendo —con mayor o menor intensidad— en qué se produce, cómo se produce y con qué capacidades. Lejos de la caricatura del proteccionismo indiscriminado, el informe plantea una batería de herramientas concretas que van desde parques industriales y formación de habilidades hasta subsidios, compras públicas y regulación estratégica.
Pero el punto más interesante no es la defensa abstracta de la política industrial, sino su redefinición. El Banco Mundial reconoce que durante décadas subestimó estas políticas, y ahora propone un enfoque pragmático: no se trata de “elegir ganadores” a ciegas, sino de identificar fallas de mercado, construir capacidades y diseñar instrumentos adecuados a cada contexto. La política industrial deja de ser ideología para convertirse en tecnología de gestión.
En ese marco, el informe también introduce una advertencia clave: la mayoría de los países en desarrollo utiliza mal estas herramientas. El problema no es intervenir, sino hacerlo con instrumentos poco precisos, como aranceles generalizados o subsidios indiscriminados, que terminan distorsionando la economía sin generar capacidades productivas sostenibles.
Aquí es donde la discusión argentina se vuelve particularmente relevante. Mientras el gobierno nacional impulsa un modelo de desregulación, apertura y reducción del Estado, el informe del Banco Mundial sugiere que ningún país logra desarrollarse sin algún tipo de intervención estratégica. Incluso las economías más avanzadas —muchas veces presentadas como modelos de libre mercado— utilizan activamente políticas industriales, aunque con mayor sofisticación institucional.
La pregunta, entonces, no es si debe haber política industrial, sino qué tipo de política industrial es posible en la Argentina actual. ¿Puede un país con restricciones fiscales y debilidad institucional diseñar instrumentos inteligentes? ¿O la renuncia al Estado implica también renunciar a construir capacidades productivas?
En un mundo donde la competencia ya no es solo entre empresas sino entre sistemas productivos, la política industrial vuelve al centro de la escena. Negarla no la elimina. Solo deja a los países sin herramientas para disputar su lugar en la economía global.
