Entre puentes y fracturas
En el Congreso Nacional de AMET, Ricardo D. Gianni, gerente de la Cámara de Industriales Metalúrgicos de Río Cuarto, planteó una pregunta incómoda: ¿por qué, después de treinta años construyendo puentes entre educación y trabajo, persisten las fracturas?
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Hay preguntas que atraviesan generaciones sin encontrar respuestas definitivas. La relación entre la educación técnica y el mundo productivo es una de ellas. En el XXVII Encuentro Nacional de Enseñanza Técnica, Agro-Técnica y Formación Profesional, realizado en Córdoba, Ricardo D. Gianni recuperó tres décadas de debates, experiencias e investigaciones para interrogar una dificultad persistente de la sociedad argentina.
La exposición, titulada Fortalecimiento del entramado productivo regional, partió de una secuencia histórica reveladora. En diciembre de 1995, un diario de Río Cuarto anunciaba la desaparición del histórico Colegio Industrial. Ocho años después, en 2003, los empresarios metalúrgicos reclamaban precisiones a la Provincia sobre el futuro de las escuelas técnicas. En 2025, nuevas publicaciones e investigaciones impulsadas desde el sector productivo volvían sobre aquella relación.
Treinta años después, la pregunta sigue abierta.
Sin embargo, Gianni propuso evitar una conclusión simplista. Durante estas décadas hubo aprendizajes institucionales, legislación específica, prácticas profesionalizantes, formación en ambientes de trabajo y múltiples dispositivos destinados a vincular escuelas y empresas. El problema es que esa expansión no necesariamente logró modificar las condiciones estructurales que reproducen las desigualdades.
La educación promete oportunidades, pero no todos los estudiantes atraviesan los mismos puentes. Las diferencias de equipamiento, tecnologías, instituciones y territorios condicionan las capacidades adquiridas y las posibilidades posteriores de convertirlas en trabajo, ingresos y autonomía.
La ponencia también recuperó el lugar de los Maestros de Enseñanza Práctica y otros profesionales que sostienen cotidianamente esas vinculaciones. Allí apareció otra advertencia: no romantizar el compromiso docente. Construir puentes constituye trabajo profesional y requiere tiempo, recursos, reconocimiento y derechos laborales.
Tampoco alcanza con celebrar el diálogo institucional. Algunas distancias entre educación y producción son tan profundas que las fracturas terminan convirtiéndose en verdaderos abismos.
Desde la experiencia de la Cámara de Industriales Metalúrgicos de Río Cuarto, Gianni invitó a construir una agenda territorial compartida entre escuelas, empresas, sindicatos, universidades y Estado. Pero no cualquier agenda: una capaz de reconocer las desigualdades existentes, distribuir responsabilidades y sostener decisiones colectivas.
La reflexión dejó planteado un interrogante que excede ampliamente al sistema educativo: ¿por qué una sociedad que aprendió a crear dispositivos de articulación todavía encuentra tantas dificultades para transformar las realidades que intenta modificar?
Quizás la respuesta obligue a mirar menos la cantidad de puentes construidos y más los recursos, las capacidades y los proyectos que determinan qué puede hacerse al otro lado.
