Impuestos que pesan en la industria

Un análisis del economista Fernando Grasso revela que la carga impositiva en Argentina no solo es alta, sino que se acumula en la producción. El resultado: menor competitividad, precios elevados y tensiones entre recaudación, industria y comercio exterior.

INDUSTRIA

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En una reciente presentación, el economista Fernando Grasso puso números a una discusión que atraviesa silenciosamente a la industria argentina: cuánto pesan los impuestos en el precio final de los productos y cómo esa carga se distribuye a lo largo de la cadena productiva.

Los datos son contundentes. En bienes metalúrgicos de producción nacional, la carga impositiva sobre el consumidor final oscila entre el 40% y el 60%. Pero cuando se trata de productos importados desde fuera del Mercosur, ese nivel puede escalar hasta el 90%. No se trata solo de aranceles: detrás de esos porcentajes hay una acumulación de tributos que se van sumando en cada etapa del proceso productivo.

El punto central del análisis no está únicamente en el nivel de impuestos, sino en su composición. Según se desprende de las diapositivas, una parte importante de la carga proviene de tributos provinciales y municipales —como Ingresos Brutos y tasas locales— que no son plenamente recuperables. Esto genera un efecto en cascada: cada eslabón de la cadena incorpora impuestos que se trasladan al siguiente, encareciendo progresivamente el producto.

El contraste internacional profundiza el diagnóstico. Mientras en Argentina la carga impositiva sobre el precio de fábrica se ubica entre el 28% y el 36%, en países como Brasil y México se mueve en torno al 12%–17%. La diferencia no es menor: implica una brecha de competitividad que puede definir la viabilidad de producir localmente o importar.

En ese contexto, los aranceles funcionan como un mecanismo de contención. Al elevar el costo de los productos importados, compensan parcialmente la desventaja local. Sin embargo, este esquema abre un dilema: protege la producción interna, pero también mantiene precios elevados y limita la inserción internacional.

Grasso introduce además una dimensión clave: el impacto en las cuentas públicas. Cuando la producción es nacional, el Estado recauda en múltiples niveles —trabajo, producción, consumo—. Si esa producción se reemplaza por importaciones, parte de esa recaudación desaparece, generando tensiones fiscales.

La conclusión es clara: el problema no es solo cuánto se paga, sino cómo. La estructura tributaria argentina, más que neutral, moldea la economía. Y en ese proceso, condiciona el desarrollo industrial.