Industria sin gas.
Los recortes de gas que afectan a la industria vuelven a exponer un límite estructural de la economía argentina. Mientras la producción energética crece y el país mejora su saldo exportador, la infraestructura de transporte no acompaña el ritmo del desarrollo productivo.
INDUSTRIA
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Cada invierno, la escena se repite. La llegada de las bajas temperaturas obliga a priorizar el abastecimiento residencial y las industrias reciben restricciones en el suministro de gas. Este año, sin embargo, el episodio adquiere otra dimensión. Los recortes alcanzan a sectores estratégicos, entre ellos proyectos vinculados a la minería, y dejan al descubierto una contradicción que interpela al modelo de desarrollo argentino.
La paradoja resulta evidente. Vaca Muerta atraviesa un período de expansión sostenida, la producción de gas continúa creciendo y el sector energético consolida un fuerte aporte al superávit comercial gracias al incremento de las exportaciones de hidrocarburos. Sin embargo, cuando la demanda interna aumenta durante el invierno, parte del aparato productivo vuelve a operar con restricciones.
Las cámaras industriales denuncian recortes de hasta el 50% en algunos establecimientos y advierten sobre el impacto que esto genera en la producción, los costos y la planificación de inversiones. La minería aparece entre los sectores afectados, pero constituye apenas el ejemplo más visible de un problema mucho más amplio. Si una actividad llamada a liderar el crecimiento de las exportaciones enfrenta dificultades para acceder a un insumo básico como la energía, el interrogante alcanza al conjunto de la industria.
El punto central ya no parece estar en la disponibilidad del recurso. La propia Secretaría de Energía reconoce, en la Resolución 66/2026, que la producción de Vaca Muerta podrá seguir creciendo solo en la medida en que lo permita la capacidad de transporte. La norma admite, además, que la infraestructura existente responde a una configuración del sistema gasífero muy distinta de la actual, cuando el norte del país y las importaciones desde Bolivia ocupaban un lugar que hoy pertenece a la cuenca neuquina.
En otras palabras, el desafío dejó de ser exclusivamente geológico para convertirse en un desafío de infraestructura. Gasoductos, plantas compresoras, ampliaciones de capacidad y redes de transporte pasaron a ser tan estratégicos como los propios yacimientos.
El caso del norte argentino ilustra esa transición. Allí confluyen la declinación de la producción convencional, el fin del abastecimiento boliviano, el retraso de obras como la reversión completa del Gasoducto Norte y una demanda industrial que necesita previsibilidad para sostener inversiones y empleo. Empresarios de la región sostienen que hoy el problema no es la falta de gas en el país, sino la imposibilidad de transportarlo oportunamente hacia los centros productivos.
La discusión, entonces, excede la coyuntura de una ola polar. Argentina ya demostró que puede aumentar su producción energética. El desafío pendiente es transformar esa abundancia en una ventaja competitiva para la industria. Porque el desarrollo no depende únicamente de lo que existe bajo tierra. Depende, sobre todo, de la capacidad para llevar esa energía hasta las fábricas, los parques industriales y los nuevos proyectos productivos. Allí se juega la diferencia entre un país que exporta recursos y otro que utiliza esos recursos para impulsar un proceso sostenido de industrialización.
