Invertir para integrar, no para importar.
El efecto multiplicador, la matriz insumo-producto y las cadenas de valor permiten medir y potenciar el impacto de la inversión en el territorio. Comprender estos instrumentos es clave para densificar la estructura productiva y fortalecer el desarrollo regional.
INDUSTRIA
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Pensar el desarrollo económico en las regiones productivas de Argentina exige mirar más allá de los montos de inversión. Lo verdaderamente estratégico es comprender cómo ese gasto circula dentro del sistema productivo y cuánto valor agregado permanece en el territorio. Allí aparecen tres herramientas centrales: el efecto multiplicador, la matriz insumo-producto y el enfoque de cadenas de valor.
El efecto multiplicador muestra que cada peso invertido no se agota en su primer destino: se transforma en ingresos, empleo y consumo que vuelven a dinamizar la economía. Sin embargo, su potencia depende de la capacidad regional para proveer localmente aquello que se demanda. Si la inversión activa proveedores, servicios técnicos, logística e industria asociada, el impacto se amplifica; si, en cambio, el gasto se dirige a bienes importados, el efecto se debilita y se fuga del sistema productivo.
La matriz insumo-producto permite medir ese proceso con precisión. Este instrumento revela los encadenamientos entre sectores y, mediante la inversa de Leontief, permite calcular el multiplicador sectorial: cuánto se expande el conjunto de la economía ante una inversión inicial. Para una estrategia de desarrollo territorial, esta lectura es clave: orienta dónde invertir para generar el mayor derrame productivo y empleo calificado.
En este marco, las cadenas de valor representan la dimensión estructural del multiplicador. Una cadena larga y densa —con eslabones industriales, tecnológicos y de servicios— multiplica la riqueza dentro de la región. Una cadena corta, en cambio, limita el impacto y profundiza la dependencia externa.
El caso actual de la industria automotriz latinoamericana es ilustrativo. Mientras terminales históricas como General Motors aplican esquemas de producción intermitente y suspensiones salariales en Santa Fe ante la caída de la demanda interna, el ingreso masivo de vehículos eléctricos importados por firmas como BYD redefine el mapa logístico y comercial de la región. BYD no solo exporta autos: exporta un sistema logístico integrado que reduce costos y acelera su penetración en el mercado argentino.
Esta tensión plantea una disyuntiva para el desarrollo: producir localmente y densificar la cadena regional, o resignar valor agregado en favor de la importación asiática. La respuesta no es ideológica, es productiva. Allí donde las economías regionales logren fortalecer proveedores, sustituir insumos importados y agregar complejidad tecnológica, el efecto multiplicador se expandirá y sostendrá el crecimiento y el empleo.
Multiplicar el desarrollo es, en definitiva, una tarea de planificación estratégica: invertir para integrar, no para importar.
