Tarados y austríacos
Los dichos de Luis Caputo sobre los “tarados que hablan de industria” volvieron a poner la producción en discusión. Una mirada desde la Escuela Austríaca permite revisar qué ocurre con el capital, los precios y los empresarios cuando una fábrica deja de producir.
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Hay frases que buscan explicar y otras que buscan terminar una discusión. Cuando Luis Caputo habló de los “tarados que hablan de industria”, eligió claramente la segunda opción. El problema es que la industria tiene algunas particularidades que hacen difícil sacarla de la conversación. Incluso si se la mira desde la Escuela Austríaca.
No hace falta recurrir al desarrollismo para encontrar argumentos.
Hace más de un siglo, Eugen von Böhm-Bawerk explicó que producir supone tiempo. Una fábrica que hoy pone un producto en el mercado es el resultado de decisiones tomadas mucho antes: alguien inmovilizó capital, compró máquinas, construyó instalaciones, organizó un proceso productivo y esperó.
En Argentina habría que agregar algo más: insistió.
Porque invertir en producción significa intentar amortizar una máquina durante años en una economía atravesada por crisis, inflación, cambios regulatorios y bruscas modificaciones de los precios relativos. Hay algo bastante cercano al empresario austríaco en ese industrial: arriesga recursos presentes tratando de anticipar un mercado futuro que nadie puede garantizarle.
Por eso la señal de precios importa, pero no funciona como un interruptor.
Cuando una fábrica pierde competitividad, las máquinas, los trabajadores especializados, los proveedores y el conocimiento acumulado durante años no se trasladan automáticamente hacia una actividad más rentable. La capacidad industrial tarda años en construirse y puede desaparecer mucho más rápido.
Aquí aparece otra paradoja austríaca.
Hayek hizo de los precios una pieza central para explicar cómo una economía transmite información. Pero cabe preguntar qué información está recibiendo hoy quien produce en Argentina. El programa económico combina desregulación y apertura con una política de estabilización en la que el tipo de cambio y la competencia de bienes importados cumplen un papel relevante sobre los precios internos.
Y del otro lado tampoco existe ese mercado abstracto de los manuales.
China compite con escala, financiamiento, infraestructura, tecnología y una política industrial explícita. Estados Unidos y Europa levantan barreras, subsidian sectores considerados estratégicos y disputan inversiones. El empresario argentino recibe la orden de competir mientras las principales potencias compiten, además, con Estados detrás.
Esto no significa defender cualquier fábrica ni reclamar una economía cerrada. Los austríacos también recordaron algo fundamental: finalmente hay que producir algo que alguien quiera comprar. El consumidor importa.
Pero ese consumidor no existe solamente frente a una góndola. También trabaja, cobra un salario, ahorra y vive en una economía cuya capacidad de consumir mañana dependerá, entre otras cosas, de su capacidad para producir.
Tal vez por eso los “tarados que hablan de industria” tengan todavía algo para discutir.
Y, paradójicamente, algunos austríacos también.
