Té a precio. Aprecio te.

Como en los juegos del lenguaje que tanto cultivó Juan Filloy, el título desplaza el sentido de las palabras para pasar del precio al aprecio. Ese mismo recorrido propuso el Té Literario de la SADE: pensar el libro como contenido, memoria y encuentro antes que como mercancía.

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"Té a precio. Aprecio te." La frase juega deliberadamente con las posibilidades del castellano. En una primera lectura remite al costo de una taza de té; en la segunda, al verbo apreciar y al reconocimiento del otro. El desplazamiento de una palabra transforma el sentido completo de la expresión y propone una metáfora sobre el presente de la industria editorial: mientras el mercado discute precios, la literatura sigue construyendo aquello que no puede medirse únicamente en términos económicos. Memoria, identidad, sensibilidad y comunidad constituyen un valor que excede el precio de un libro y que encuentra en la publicación apenas uno de sus vehículos posibles.

Esa tensión entre el costo de las cosas y el valor de los encuentros apareció desde la apertura del primer Té Literario organizado por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Río Cuarto. Con humor, pero también con una lectura del contexto económico, su presidente, Omar Isaguirre, sintetizó el espíritu de la propuesta: "Esto nació como un café literario, pero con los precios que hay terminamos haciendo un té literario. Pasamos del supermercado a la superliteratura, por el precio de un café." La ocurrencia fue mucho más que un juego de palabras. Expresó la decisión de sostener espacios de encuentro aun cuando las condiciones económicas obliguen a reinventar los formatos.

Durante la jornada, José Midas presentó los talleres de la institución y dedicó un espacio al taller de escritura de memorias, donde la experiencia personal se transforma en relato compartido. Con el mismo tono distendido que atravesó todo el encuentro, resumió el sentido de la propuesta: "Muchos llegan buscando un taller de estimulación cognitiva y se encuentran con un taller de escritura de memorias. Al final, escribir también es una forma de ejercitar la memoria." La anécdota permitió comprender que escribir no solo conserva recuerdos: también los organiza, los fortalece y los convierte en patrimonio cultural.

En la misma línea, Franco Lisa, coordinador del taller de cuentos, describió la literatura como un territorio donde la técnica resulta indispensable, pero nunca suficiente. El oficio puede aprenderse; la sensibilidad, en cambio, se cultiva. Sus talleres, que abren la semana los lunes y la cierran los viernes, buscan precisamente construir ese espacio donde la imaginación, la observación y la emoción dialogan con las herramientas narrativas para convertir la experiencia cotidiana en literatura.

Quizá allí radique el mayor desafío de la industria editorial contemporánea. Pensar el libro únicamente como un objeto de mercado es reducir su potencia. Antes que papel, impresión o distribución, el libro es contenido; antes que un producto, es una conversación. Las editoriales, las bibliotecas, los talleres y las sociedades de escritores cumplen una función estratégica: crear las condiciones para que las comunidades puedan narrarse a sí mismas y encuentren en la publicación un puente para hacer circular esas historias.

Porque una sociedad que pierde sus relatos no solo publica menos libros. También pierde parte de su capacidad para reconocerse. En tiempos donde casi todo parece tener un precio, encuentros como este recuerdan que el verdadero valor de la literatura sigue estando en su capacidad para construir memoria, sensibilidad y comunidad.

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