Una ciudad sin naranja
Mientras Río Cuarto debate salas, eventos y programación, una pregunta estratégica permanece ausente: ¿cómo construir una industria cultural capaz de generar empleo, inversiones y competitividad territorial? Un nuevo informe de Glocal propone repensar la cultura desde la lógica del desarrollo.
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Las ciudades que lograron transformar la cultura en un motor de desarrollo no comenzaron organizando más eventos. Comenzaron construyendo ecosistemas.
La experiencia internacional muestra que la competitividad cultural no surge espontáneamente. Requiere inversiones, redes de cooperación, financiamiento, formación de públicos, articulación institucional y actores capaces de producir bienes y servicios culturales sostenibles.
Sin embargo, en Río Cuarto el debate cultural parece concentrarse en cuestiones operativas: quién utiliza una sala, cuánto cuesta un espectáculo o cuántas actividades se realizaron durante el año.
El informe Una sala sin industria en el escenario, elaborado por Ricardo D. Gianni para Glocal, propone invertir la pregunta.
La cuestión central no es cuántos eventos organiza una ciudad, sino qué capacidades productivas está desarrollando.
Porque una ciudad puede exhibir una intensa actividad cultural y, al mismo tiempo, carecer de una verdadera industria cultural.
La diferencia no es menor.
Las industrias culturales generan empleo, movilizan proveedores, crean cadenas de valor, incorporan innovación, atraen inversiones y fortalecen la identidad territorial. Son parte de lo que hoy se denomina competitividad sistémica: la capacidad de un territorio para coordinar actores y transformar conocimiento en desarrollo.
Desde esta perspectiva, el principal interrogante ya no es cuánto gasta el Estado en cultura, sino cuánto contribuye a expandir la capacidad productiva del ecosistema cultural.
El informe sostiene que Río Cuarto carece todavía de información estratégica para responder esa pregunta. No existen indicadores sistemáticos sobre productores culturales, empleo generado, inversión privada, cadenas de valor o niveles de productividad sectorial.
Sin diagnóstico, difícilmente pueda existir una estrategia.
Y sin estrategia, la política cultural corre el riesgo de administrar actividades sin construir desarrollo.
El desafío planteado por el trabajo es tan simple como incómodo: dejar de pensar la cultura únicamente como programación y comenzar a pensarla como infraestructura para el desarrollo territorial.
Descargá gratuitamente el informe completo y sumate al debate
https://drive.google.com/drive/folders/1pLEQmcukSq_ae1IcdhtrsYEH6U-YcO65?usp=sharing

